Presentación en 2D10 station

Posted by el Miércoles, agosto 6th, 2008

© Nah Alone

La silueta de la lanzadera PTC-109 se recorta contra la luz del grupo estelar Esperanza-3, acercándose lentamente a la estación orbital 2-D10. Lejos queda el acorazado de donde partió.

—Puerto de atraque en modo visual…

—¿Tiempo estimado…?

—Tres para contacto, tres, repito, corto.

—Entendido AB: tres para contacto…

Dos figuras se mueven nerviosas en el interior de la célula de amarre; frente al portón diafragmado que les separa del vacío; la primera completamente pintada de negro, con un bonito pez naranja en la hombrera blindada; la segunda pintada de un extraño color verde rana, las dos se iluminan a intervalos por los haces rojos que surgen de las alertas que custodian la abertura.

—¿Arriola? —pregunta el Coronel, el del pececito en la hombrera.

—Luchando con la armadura, no cuente con él antes de una hora… —contesta el otro.

—Lo llevamos claro, somos dos y un tambor…

—Ya le digo….

Las dos figuras siguen moviéndose suavemente en el interior del pequeño espacio que acabará por acoplarse al puerto de atraque de la estación orbital, mientras el vehículo se acerca de forma inexorable a una cita largamente preparada.

—¿López, cómo lo lleva? —pregunta el coronel.

—Estoy muy, pero que muy cansado, Jefe…

—Cuándo no es fiesta, lo que le decía Calle… —gira su torso hacia su compañero.

—Ya le digo Coronel…

El Coronel Tellaetxe se vuelve silencioso hacia la compuerta para preguntar, pasados unos instantes:

—¿Calle, se da cuenta de cuántas veces dice “ya le digo”?

—Ya le digo.

—Monzón, ¿y usted…?

—¿Yo…?, ¿yo qué? —la radio crepita entre chirridos.

—¿Que cómo lo lleva usted?

—¿Por qué me tratas de usted?

—Esta es una misión oficial y no se tutea nadie —Tellaetxe gira sobre sí mismo.

—A que te meto… Mussolini de mierda…

—Y yo en tus muertos…

—¡Andaaaa lo que me ha dicho…!

—Repito —Tellaetxe trata de mantener la calma—: ¿cómo va el Control de Misión?

—Ha petao…

—¿Qué…? —el Coronel mira hacia un lugar lejano que se pierde en la oscuridad de las paredes de la pequeña célula—, ¿cómo dice…?

—Que ha petao el ordenata, que s´aascachuflaooo del todo… —los cuatro canales de radio se abren a la vez, dando paso a una extraña conversación—: lo llevamos claro… Ya le digo. Uno para contacto. ¿Uno qué…? Uno cacahué… Si no tiene nada mejor que ordenar yo me bajo a la cama… Uno para contacto, repito… ¿Pueden callarse, me estoy rayando…! —Tellaetxe gira otra vez—. ¡Tu más. Tú más, Tú más…! —contesta un hilarante Calle—. ¿Qué…? Cacahué… ¡Que se callen he dicho…, iros a la mierda… ¡Nos ha tuteado, nos ha tuteado…! ¡Acercándonos! TÜÜÜEEEÉ. —la sirena comienza a sonar—: TÜÜÜEEEÉ. —el Coronel se detiene en seco e intenta hacerse oir entre los diálogos cruzados—: sileeeencio de radio! TÜÜÜEEEÉ. ¿Tiempo estimado para contacto? TÜÜÜEEEÉ. Pues ya le ha dicho que uno… No, uno no, treinta y descontando. TÜÜÜ-EEEÉ. Cacahué… ¡Mierda de Güiindooooous….! TÜÜÜEEEÉ.

—¡Siiileeeeeenciiiiooooo….! —Tellaetxe grita hasta desencajarse.

—TÜÜÜEEEÉ —responde la alarma.

—Cacah… –el teniente deja de hablar al ver la bocacha apagallamas del rifle de asalto del Coronel a escasos diez centímetros de su cara, rozando ligeramente la cúpula trasparente que le cubre la cabeza, mientras por el auricular se escucha de nuevo al piloto, y en el interior de la célula el eterno y rítmico TÜÜÜEEEÉ de la coño alarma.

—Cero… —chasquea la radio cuando suena un golpe seco en el exterior, y después un ruido rasgado, como si algo comenzara a rozar la nave.

—TÜÜÜEEEÉ.

—Esto sigue avanzando y no para —comenta el Coronel, visiblemente extrañado.

—TÜÜÜEEEÉ.

—Ya le digo —los sonidos parecen ahora estruendos apagados de cartones, cajas o maderas que se están haciendo añicos. Las dos figuras solitarias miran hacia los lados hasta que la nave se detiene del todo.

—TÜÜÜEEEÉ.

—Por fin…

—Pues a mí me parece que el puerto de amarre no ha aguantado —dice Calle.

—TÜÜÜEEEÉ.

—Será eso…

—TÜÜÜEEEÉ.

—Ya le digo.

—TÜÜÜEEEÉ.

—AB, remita informe de situación.

—TÜÜÜEEEÉ.

—Que lo haga Monzón, mi sistema también ha petao –contestó la voz del piloto en mitad de un TÜÜÜEEEÉ.

—Mierda, mierda y mierda —Tellaetxe comenzó a patear la cubierta inferior de la célula de atraque con las enormes botas de su armadura de combate.

—TÜÜÜEEEÉ.

—¡Tranquilícese señor, le va a dar un tantarantán!

—TÜÜÜEEEÉ.

Los ojos del Coronel querían salirse de sus órbitas y por un momento pareció Jack Nicholson en “El Resplandor”.

—TÜÜÜEEEÉ.

—¡Abran la exclusa…! –ordenó tajante mientras respiraba profundamente.

—TÜÉPIIIIIII. TÜÉPIIIIII. TÜÉPIIIIII. TÜÉPIIIIII.

El oficial Calle se retiró ligeramente, alzando el arnés de su arma y apuntando con ella hacia el lugar oscuro que surgía tras la pantalla diafragmada que comenzaba a abrirse con un siseo lastimero y metálico; mientras, Tellaetxe permanecía quieto, enfrentando la nada que tenían delante.

—¡Coño, coño, coño! —exclamó Calle, encendiendo los focos de su armadura mientras comenzaba a recitar una letanía ininteligible.

—TÜÉPIII. TÜÉPIIII. TÜÉPIIII. TÜÉPIIII.

—¡No la imaginaba así de cutre! —las luces de la armadura de Tellaetxe repasaron las paredes lóbregas y descuidadas de un lugar por el que sin duda hacía mucho tiempo que no había caminado nadie—, parece en desuso…

—Ya le digo —los focos de la armadura de Calle iluminaban el cogote de su Coronel.

La estación parecía vacía, y las luces acariciaron las paredes de madera, clavos y cartón-piedra.

—PIII. PIII. PII. PI. PI. PI. TÜÜÜEEEEE-EEEEEÉ. PI.

—¿Pero… qué coño es esto? —comentó en voz alta el Coronel—, está vacía —sentenció al fin, tras un repaso más exhaustivo.

—¡¡¡El horrooooooooor!!! —el Teniente había bajado el tono de su voz hasta que pareció un susurro gutural y forzado que sobrecogió al Coronel tras la desaparición abrupta del persistente sonido de la alarma.

—Vaya presentación de mis cojones que íbamos a hacer… —las dos figuras seguían avanzando con sumo cuidado.

—Ya le digo —la voz de Calle había vuelto a la normalidad mientras se acercaron a otra exclusa.

—No hay botones, sólo esta manivela —manifestó Calle señalando el obsoleto artilugio que tenía enfrente.

—Pues muévala.

Los dos hombres miraban con cara de estupor el interior absolutamente vacío de la estación de comunicaciones del satélite Ulises-91, una vez la compuerta se abrió.

—¡Joder, cómo se lo montan!

—Ya le digo…

—Eeeiiiínnn, yo también quiero iiir, y salir sin trajeeee… —la voz de Monzón sonaba estridente por los auriculares internos de las armaduras del Coronel y su oficial—, …que me he visto una peeeliiii…

—Será imbécil —masculló Tellaetxe.

—…y luego me sacáis una afoto, ¿faleeeee?

—Pero quién me mandará… —fueron las últimas palabras del Coronel antes de comenzar a dar cabezazos contra la pared mientras su rifle apuntaba al suelo.

—¡Ya estoy aquí! —Arriola acababa de llegar, por fin—, ¿qué le pasa al chiquitín? ¿y a Monzón? ¿por qué las hadas vuelan? ¿dónde está Eileen? ¿por qué lleva el Jefe un “Bubble Truble” en la hombrera? ¿y tú por qué tienes la armadura pintada de ese color…?

—No puede ser, no puede ser… —Tellaetxe seguía golpeando la pared con la parte superior de su armadura.

—Mira —Calle señaló al vacío que tenían delante—. Está vacía.

—Sí, está vacía. —Arriola no parecía en absoluto sorprendido— ¿Y tú por qué llevas la armadura pintada de verde?

—Porque soy una rana bocona —contestó Calle sin mover un músculo.

—No, no y no —Tellaetxe seguía dale que dale…—, ¿quién me mandará meterme en estos fregaos? —…y dale que dale…

—Atención en la exclusa… ¿Una qué? Cacahué… ¿Exclusa, me escucháis? ¿Y si te suelto el conducto de aire…? —Arriola acostumbraba a terminar así los pequeños contratiempos con los que se encontraba, mientras López intentaba comunicarse.

—Tú más, tú más…

—Que me escuchéis os digo… —repetía López desde su célula de observación.

—Tú más, tú mas…

El Coronel se giró por última vez, apuntando su rifle al pecho de la armadura de Arriola.

—O paráis o no respondo…

—Pero bueno, ¿me escucháis o no? —López seguía intentando hacerse oir a través del sistema de comunicación mientras Arriola y Calle por fin parecían entender lo que querían decir los ojos de su Jefe de filas.

—Ya le ha dado —comentó Calle.

—¿El qué? —preguntó Arriola.

—¡Joooder! —la voz de López parecía más cansada que de costumbre.

—El tantarantán —respondió Calle.

—¿El qué…?

—Un jamacuco.

—¿Un qué…?

—Caca… —Calle se calló (¿es una redundancia?) al observar que ahora, la bocacha del rifle del Coronel apuntaba a las zonas sensibles que ocultaba su parte baja de la armadura, justo donde surgen las piernas—, lo siento viejo, pero no tienes ningún sentido del humor.

—Vuelve a repetirlo y le dejo a Nuria sin juguete.

—Eso, y a mí que me zurzan…

—Vuelvo a repetir: si hay alguien en la estación con ganas de escucharme, que levante la mano, que tengo algo que decir —López bostezó terminando la frase.

—No es por tocar las narices Jefe, pero parece que Berni quiere decirnos algo —Arriola intentó mediar en la embarazosa situación que había llevado al Coronel a encañonar con aviesas intenciones la armadura del Teniente Calle.

—¿Quién? —la cabeza del Coronel giró hacia la cara de Calle por si tenía todavía ganas de contestar Cacahué.

—Que Bernardo parece que quiere decirnos algo —gritó Arriola.

—Qué coño te pasa —preguntó Tellaetxe a López.

—No se lo digas, por dictador —Monzón parecía cabreado.

El Coronel comenzó a girar de nuevo, y a través del interfono se escuchó la voz de Calle que le decía a Arriola:

—Le va a dar otra vez.

—¿Tú crees…?

—Ya te digo.

Arriola comenzó a reirse; su armadura parecía una batidora del todo a cien, de tamaño XXL.

—Al que vuelva a abrir la boca sin pedir permiso lo abro en canal. ¿Me habéis entendido todos? —un silencio sepulcral contestó la pregunta del Coronel.

—¿Qué ocurre López? —Tellaetxe había recuperado la compostura.

— — . / — — — / . — — . / . . — / . / — . . / — — — / . . . . / . — / — . . . / . — . . / . — / . — . / . . — — . . /

—¿Qué es eso? —susurró Arriola a Calle, mientras observaba cómo el Coronel tiraba el rifle al suelo y se ponía en jarras, mirando al techo.

—Sssshhhhhhh!!! —Calle hizo un gesto elocuente con el dedo índice del guante sobre la parte anterior de su cúpula para que Arriola dejara de hacer preguntas de una puñetera vez.

—Esta me la pagáis, os juro que me la pagáis; aunque me lleve toda la vida os juro que acabaréis pagando por esto —Tellaetxe hablaba entre dientes.

—¿Y ahora qué…? —preguntó muy bajito Arriola.

—El jamacuco —contestó Calle.

—¿El qué…?

—Cacahué —Calle había vocalizado perfectamente sin perder de vista la incipiente alopecia del Coronel que se movía sobresaliendo en la zona donde la coraza de la armadura y la cúpula se unían.

—…bien puestos Bernardo! —Monzón mostraba así su apoyo a la contestación en “código Morse” del cabo López.

—Que era una broma Jefe; que a usted le quiero mucho… —irrumpió la diáfana voz mediterránea de López.

—¿Va a decirnos algo o tendremos que esperar…?

—Vale, Jefe, ahorita mismo se lo digo…

—Que no se lo digas, que se jorobe… —interrumpió de nuevo Monzón.

—Pues… que hay algo que se mueve en el interior de la estación, y no pertenece a nuestra dotación.

Los rifles y los arneses se movieron alrededor de las armaduras de los tres hombres que seguían estando en el mismo lugar que al principio, osea: a siete metros de la maldita exclusa de amarre.

—¿Donde? —preguntó Arriola—. No veo nada —contestó Calle—. ¿Dónde? —repitió como un bobo el Coronel, visiblemente alarmado.

Parecía que por fin iba a haber jaleo, y que por una vez el grupo iba a actuar en bloque…

—AB a Misión: lo tengo, a las tres y media de vuestra posición, al fondo del pasillo que tenéis al lado, parece pequeño, pero no os fiéis.

—¡Gracias AB! ¿Monzón, puedes darnos más datos…?

—Lo siento, pero mi aparato sigue escachuflao…

—En formación de ataque —ordenó Tellaetxe, y curiosamente su orden fue inmediatamente obedecida por Arriola y por Calle.

—No se mueve, manteneros alerta y pasad a infrarrojos —indicó AB.

—¿Humano o alien? —preguntó Calle.

—¿Y por qué no elfo? —preguntó Arriola.

—¿Y por qué no os calláis? —preguntó Tellaetxe.

—¿Puedo irme a dormir Jefe? —López acompañó la frase con un estruendoso bostezo que resonó en el interior de las cúpulas protectoras de los tres hombres que avanzaban a lo largo del pasillo, entre una infinita desolación.

—No veo absolutamente nada.

—Ya te digo…

—Objetivo a las doce, tras la compuerta —López no se atrevió a preguntar si podía bajar al catre.

—Atentos, lo tenemos delante, Arriola acciona la manivela.

Arriola comenzó a mover el manubrio que abría la compuerta. Un sonido estridente y falto de engrase anunció que el paso al lugar donde se encontraba el ente que buscaban estaba franco. Calle repasó el enorme lugar con su óptica infrarroja mientras Tellaetxe avanzaba unos pasos hasta quedarse quieto apuntando al frente.

—Sigo sin ver nada.

—Está ahí —AB confirmaba que no estaban solos.

—Yo tampoco veo nada.

—¡Que está ahí, coño! —AB lo seguía confirmando.

—Cuento tres y encendemos las luces halógenas: uno, dos… —los tres hombres esperaban la orden del Coronel— …, tres.

Los haces de luz se restregaron contra las paredes, cajas, tubos y demás cachivaches que decoraban aquella porquería de sala.

—Tío, no veo nada.

—Pues lo tenéis delante, os guste o no —AB estaba perdiendo la paciencia.

—¿López, puedes situarlo?

—A las doce de vuestra posición, como a unos ocho metros.

—Lo tengo.

—¿Dónde?

—Lo tengo —Calle empezó a abrasar la zona con el fuego de su ametralladora, secundado por Arriola.

—¿Mierda, dónde…? –el ruido de los casquillos golpeando el suelo, y la fluctuación de las luces de la constelación Esperanza-3, que atravesaban los agujeros que producían los proyectiles en la pared de cartón-piedra de la sala, cegaron por un momento los sentidos del Coronel.

—Ahí, ahí… —la descarga de fuego y metralla de los dos oficiales cesó por un instante, tras lo cual una pequeña sombra se atrevió a levantarse tras unas cajas de cartón.

—¡No disparéis, por favor, no disparéis!

—¡Andaaa, si habla! —Monzón sonaba cachondo a través de los auriculares.

—¡Alto el fuego! —ordenó Tellaetxe, levantando el brazo.

—Por si no lo sabe, Jefe, hace un buen rato que nos hemos quedado sin munición —comentó en voz alta el Capitán Arriola, riéndose a mandíbula batiente como un condenado.

—Es un alien —gritó Calle.

—No, no soy un alien, llevo un disfraz…

—¡Esas manos! —la voz del Coronel paró en seco el movimiento de la sombra.

—Son apéndices, Jefe —comentó Arriola.

—Lo mismo me da —contestó Tellaetxe.

—No soy un alien, os lo juro —la sombra avanzó hasta ellos mostrándose tal cual era: una especie de figura pequeña envuelta en un traje de extraterrestre —tres tallas más grande—, de goma, típico de las películas de serie “B” americanas del periodo inicial.

Arriola se movía ahora como una batidora de tamaño XXXL, mientras se reía viendo al hombrecito cómo se abría la cremallera del traje que lo encerraba, mostrando una pequeña escafandra autoasistida.

—¡Eiiinn, yo quiero verlo!

—Sólo trabajo aquí, no tengo nada que ver…

—Que te calles.

—No, déjale hablar…

—Es que he perdido la lanzadera que sacó al resto cuando supimos que llegábais…

—¡Joder, joder, joder!

—Sacadme de aquí, os lo ruego —el Coronel se había quedado quieto y miraba a sus hombres, totalmente desangelado.

—¡Joder, joder, joder! —seguía comentando Calle.

—¡Que quiero verlo, porfa! —gritaba Monzón.

—Zzzzzzzzz —López había sido abatido por el sueño.

—¿Puedo ir con vosotros? —comentó el hombrecillo.

—Ya te digo…

—¡Que bajo, eh…!

—¿Puedo llevarme mi colección de cartas?, es que es con lo único que nos pagan… —se atrevió a decir el pseudoextraterrestre.

—Por Dios, sacadme de aquí —musitaba tellaetxe con los ojos cerrados, sin dar crédito a lo que estaba presenciando.

—Pues bajo… —pareció concluir Monzón.

—Vámonos…

—¿Y a dónde vamos? Y yo qué sé… Pues vaya mierda… Ya te digo… ¿Me dejáis bajar o qué? Como no te calles… Mussolini… Ha vuelto, ha vuelto… —AB interrumpió la conversación gritando como un descosido.

—¿Ha vuelto el qué? —preguntó Arriola.

—El Windows, el sistema. No, noooo; ha vuelto a petar…

—Sacadme de aquí, sacadme… no estoy para estos trotes… —el Coronel se había sentado en el suelo, cerca del enorme agujero que conducía directamente a la parte más baja de la estación.

Calle posó su brazo mecánico sobre la armadura del Coronel, agachándose:

—¿Un purito? —la mano enguantada sujetaba un habano.

—Bien mirao…

—Toma…, ¡mierda! —el puro comenzó a girar en mitad del vacío, frente a los tres hombres, alejándose para perderse por el maldito agujero.

—Menos mal que no era el de Neme —Tellaetxe se giró hacia Calle—: ¿porque no era… verdad?

—¿Bajo o no?

—¿Era el de Neme?

—Esto merece un informe…

—Ya te digo…

—Pues bajo… y sin traje…

La armadura de Arriola se movía compulsivamente mientras por el interfono sonaba su risita chillona.

—Yo te mato…

—¿Informo o no informo…?

—Tú más, tú más…

—¿Seguimos informando o qué?

—¡Que informes, leches…!

(s’acabó)

Texto: © J.A. Tellaexte Isusi y Editorial Ludotecnia
Imagenes: © Nah Alone
Maquetación y Programación: © Nah Alone

© Nah Alone

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