Creatividad

Posted by el Miércoles, agosto 6th, 2008

© Nah Alone

Mi falta de creatividad ha sido uno de esos problemas en los que no quería pensar en los últimos tiempos. Sabía que estaba ahí, pero tenía otros en primer plano, más urgentes. Primero fue por falta de tiempo o ganas. Dejé de encontrarme cada noche con el cuaderno y la pluma de tinta verde. Luego guardé todos los cuadernos encima del armario, porque me faltaba sitio. La pluma se quedó en el cajón, para lo usual me bastaba un boli. Así casi un año. Como aunque parezca raro la literatura tiene mucho que ver con la gimnasia, el alejar el hábito me alejó la capacidad, la presunta calidad, la posibilidad de disfrutar con lo que hacía. Pero hace un par de meses el mono llegó. Creo que un poco por envidia por lo que leía de gente que escribía tan bien. Cogí cuadernos antiguos y me dije ‘A ver que tipo de cosas escribía yo’ ‘¿Esto es mío? ¡Que imaginación!’ Y pensando que si lo había hecho una vez lo podría volver a hacer, abrí el cuaderno, destapé la pluma, intenté escribir la fecha, la pluma se negó. La limpie entera, porque la tinta se había secado por falta de uso, la volví a llenar y el que se había quedado seco era yo. La fecha la escribí sin mayor problema, pero nada más. No se me ocurría nada que decir, nada que pudiera tener el más mínimo interés. Eso ya me había pasado más de una vez, antaño, y entonces lo que hacía era mi propia lluvia de ideas. Empezaba a escribir frases sobre posibles temas de lo más tonto que se me ocurriera. Porque sentía que lo más difícil iba a ser el primer paso, y una vez lo diese, el resto vendría solo. Pero no se me ocurría ninguna idea tonta, ninguna frase alrededor de la cual tejer un cuento. Ningún dialogo que justificase nada. No vi la cara de nadie, no recordé ningún sueño. No me había ocurrido nada digno de mención. Mis inquietudes estaban aterradoramente orientadas hacia cosas tan poco espectaculares como ‘letras’, ‘hipotecas’, ‘remesas bancarias’, ‘incentivos anuales’ y demás zarandajas. Pero soy un hombre de recursos. Busqué en mis papeles viejos las anteriores intentonas de historias. La última era casi un folio lleno de ideas.

‘El hombre cactus. Historias de un tipo al que por cualquier razón peregrina le salen pinchos por la piel. Por ejemplo, cuando alguien le muestra afecto’

Era un idea. Graciosa, tonta. Si, si. Podía haber un cuento salvador al respecto. Pero ¿Cual?.

‘Veo a una chica en el autobus; Antes de bajarme le digo `Me hace falta saber tu nombre para cuando escriba una historia sobre tu sonrisa`’.

Se ve que no me lo dijo. O que ya tengo coche.

‘Se despierta y todos los recuerdos que tiene son de una vida distinta a la que le rodea. Ni se llama como dicen todos ni recuerda la familia que parece tener. Y no sabe que es lo real y que no lo es. Echa de menos su ¿imaginaria? vida que todos se empeñan en llamar falsa’.

Vale. Esa la usaría cuando tuviera más práctica. Y ni mirando todas las páginas del cuaderno, de todos los cuadernos que guardaba pude encontrar nada que me despertara la mano. Así que lo que me quedaba era detectar. Detectar conversaciones ajenas buscando lo increíble. Detectar imágenes reales que me incitasen a fabularlas. En el trabajo prestaba más atención a los compañeros que al ordenador. Salía de trabajar y me escapaba a los supermercados, a los centros comerciales. A las calles peatonales. Compraba 6 periódicos y los leía de punta a punta, hasta los anuncios por palabras. Y no hubo nada que me despertase la musa, pobre de ella, pobre de mi.

Pero una tarde, cuando al salir de trabajar iba hacia el coche, pasé frente a un caserón abandonado, y me fijé en una ventana baja que estaba abierta. Acerqué la cabeza a los sucios barrotes. En mitad de la sala, en el suelo de una habitación completamente vacía y con un dedo de polvo, había una cinta de video 8mm. La reconocí en penumbra y de lejos. La reconocí aunque estaba de lado, llena de polvo. Yo tengo una cámara de video que utiliza exactamente ese tipo de cintas. Y… ¿Qué hacía ahí? Un escalofrío me recorrió el espinazo. Eso era lo que estaba esperando. En una casa abandonada, en una habitación que el polvo demostraba no haber sido pisada en ¿meses? ¿años? había tan solo una cinta ¿olvidada? ¿Perdida? con quién sabía que tipo de imágenes. Intenté fotografiar mentalmente la habitación. Había poco que retener. Mucho polvo. Dos puertas de madera bastante sosas. Los techos altos. No había lámparas en el techo. No podía distinguir el color original de las paredes. Las ventanas eran de madera oscura, bastante estropeadas. Los barrotes estaban oxidados pero firmes. La casa era bien grande. Fui a la puerta. El número 27. Silos 27. Había restos de una placa junto al timbre. ¿Abogado? ¿Médico? ¿Notario? Loco de contento volé hasta casa, me encerré en mi cuarto, abrí el cuaderno, destapé la pluma, manché la mesa, intenté escribir. Intenté. ¿Qué demonios iba a escribir sobre una cinta en una casa abandonada? Casi había logrado arrancar, había sentido el cosquilleo, esa especie de dejarse ir que solía tener. Pero me faltaba ese impulso, esa dosis de imaginación. Necesitaba saber que tenía la cinta para poder escribir de nuevo.

Y aun siendo una locura, sabía como hacerlo. Con dos alambres gruesos me fabriqué un garfio de cuatro puntas, cada una de ellas separadas por un ángulo de 90. Le até una tanza y sintiéndome mitad espía, mitad estúpido, esperé a que se hiciera bien de noche para ir en busca de la cinta. El truco del gancho lo había usado más de una vez, siempre con grandes resultados, para recuperar objetos caídos en sitios inaccesibles. Esperaba repetir mis hazañas. Llegué a la casa y aparqué en la siguiente bocacalle. No había nadie por las calles. Hacía mucho frío. Di una vuelta a la manzana, para inspeccionar el terreno. Era perfecto. Me acerqué a la ventana, miré a un lado y a otro, saqué del bolsillo de mi chaqueta el gancho y lo lancé. Quedó a dos metros de la cinta. Recogí el sedal y volví a lanzarlo. A metro y medio. Volví a lanzar. Dos metros. No era tan fácil como esperaba. La cinta no estaba cerca, y tenía que conseguir lanzar lo bastante cerca como para, jugando con el brazo lo que diese de si la ventana, conseguir engancharla y atraerla. Al cabo de diez minutos de intentos sin lograr nada, sentí que me observaban. Yo estaba con el brazo metido por la ventana, la cara pegada a los barrotes. A dos metros había un señor que me miraba aprensivo. Su perro me miraba también, algo más sociable. Alcancé a soltar un

-Gatito, gatito

Que hizo que me mirase como si estuviese loco, que es lo bueno para estos casos. Cuando se alejó lo suficiente recogí el garfio y me volví al coche. Descartada la opción pescadora, volví a casa. Me duché dándole vueltas al asunto. No hacía falta que supiese lo que había en la cinta ¿no? Era una tontería. Debía inventar yo lo que más me conviniese. Pero… Me sequé, me volví a vestir y de nuevo cogí el coche. Aparqué en otra bocacalle algo antes de la casa. Esta vez me paré frente a la puerta principal. Era de madera antigua, pero firme. No había manera de forzarla. La fachada no tenía ninguna manera de subir, y no había ventanas sin barrotes. Fui a la calle de atrás. Y tuve, afortunadamente, un poco de suerte. Habían estado arreglando algo, haciendo zanjas por deporte, que se yo, y había varias vallas metálicas por la calle. Cogí una, la apoyé vertical contra el muro y la utilicé de escalera. Caí en el patio. El suelo estaba amarillo de limones caídos, había un limonero bastante grande presidiéndolo todo. En una esquina había un pozo. Me acerqué pero la oscuridad no me dejó ver si había agua. Junto a él estaba la puerta de acceso a la casa. La tanteé y se abrió. Por fin había entrado en la casa. En lo que había sido la cocina. Esperé un par de minutos mirando el suelo, para que mis ojos se adaptasen a la oscuridad. Colgada de la pared había lo que quizás había sido una ristra de ajos. En el fregadero se oxidaba una olla bien grande. Olía muchísimo a humedad. Salí de la cocina y un crujido me sobresaltó, pero no fui capaz de localizar su fuente. Intenté orientarme, estaba deseando irme. Una escalera subía al primer piso, y a la derecha estaba la puerta principal. Luego algo más a la izquierda debía estar la sala de la cinta. Casi corriendo crucé el pasillo, abrí la puerta y la vi. Aguanté la risa al distinguir aun en penumbra las marcas que el gancho había hecho en la capa de polvo. Me agaché a coger la cinta y cuando ya la tocaba, me iluminaron con las linternas.

Ya no puedo decir que no tengo antecedentes penales. He pasado el fin de semana en comisaría. Allanamiento de morada. En unos meses sabré que me caerá, pero la policía no sabe aun de quien es esa casa, así que seguramente no me pase nada. Pero espero que no se corra la voz por aquí, me podría costar el puesto. Y encima no he conseguido nada que contar. La cinta era una cinta limpiadora.

Texto: © Urbason
Imagen: © Nah Alone
Maquetación y Programación: © Nah Alone

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