¡Incursion!

Posted by el Miércoles, agosto 6th, 2008

(1996)

Faenaban a unas treinta millas de la costa de Colonsay, en las gélidas aguas occidentales de Escocia, abiertos por completo al océano Atlántico. El oleaje golpeaba rítmicamente el casco de la pequeña embarcación pesquera que se agitaba como una luciérnaga cernida de un hilo en mitad de la oscuridad más absoluta. Varias figuras se movían sobre la cubierta, empapadas por la fina lluvia que no había cesado de caer desde últimas horas de la tarde —momento en que habían comenzado a trabajar en el caladero— y ateridas de frío.

“Mierda de lluvia”, masculló el más grande, el que llevaba una pipa apagada entre los labios y se cubría como podía bajo la capucha de goma mientras oteaba el horizonte negro, sentado entre unas cajas y jugando con un cabo entre sus enormes manos de pescador, acostumbradas lo mismo a izar cabos que a sujetar anzuelos. El barco parecía un pequeño árbol de Navidad. En el mástil, los potentes focos alumbraban la superficie viva del agua, y sobre la cubierta, las luces del puente regaban de reflejos los mástiles y los estayes que brillaban como si fueran estrellas a través de la atmósfera recargada y húmeda que lo envolvía todo. El ambiente resultaba tranquilo aunque el riesgo era grande: tras una escapada nocturna como la que realizaban en aquel momento, la faena podía reportarles un buen beneficio pero entrañaba cierto peligro, sobre todo si les localizaba el servicio de guardacostas o tenían la mala fortuna de coincidir con alguno de los barcos de la cofradía de pescadores de Islay; o lo que era peor, con algún malnacido irlandés que estuviera tratando de hacer lo mismo que ellos.

La rutina, por mecánica y conocida, se hacía pesada por la espera y la preocupación que embadurnaba la mirada de los hombres que habían lanzado las redes y esperaban la orden de recogerlas, mientras el casco ronroneaba por el efecto de los motores que lo movían trazando un círculo a estribor, surcando y rompiendo las olas que lo rodeaban, bajo las férreas manos de Morton, el patrón, al timón de su barco y atento a la pantallas del radar de superficie y del sonar que dibujaba entre verdes y negros los perfiles del cardumen. Estaban lejos de su demarcación, pescando en aguas prohibidas, a varias millas de su base de operaciones, bajo un cielo que se deshacía en agua y en mitad de la noche; podían buscarse un buen marrón si les localizaban o se topaban con la proa de algún petrolero o mercante que siguiera la ruta hacia el sur de Inglaterra a través del Canal del Norte; como contrapartida podrían disfrutar de una buena cosecha que bien les podría arreglar el mes; las cosas estaban bastante jodidas desde la entrada en la CEE y Morton pretendía arreglarse a su manera, como hacía siempre, lejos del marco de la legislación para pesca y de los imbéciles que les defendían en Estrasburgo, flirteando con la meteorología que había anunciado un temporal de poniente para las próximas horas y cuyos flecos estaban saboreando en aquellos instantes. Su tripulación, aunque cabreada, le seguía a pie juntillas, pero había que estar en cubierta, bajo la lluvia y el viento, y eso era lo malo, el resto sólo costumbre y monotonía.

“Mierda delluvia”, decía también el hombre grueso que se golpeaba los brazos con las manos enguantadas y miraba hacia el cielo lluvioso, por sotavento. De la vigilancia se encargaba el grumete, agarrado a la baranda sobre una proa que se hundía y levantaba acompasadamente sobre el mar, los demás esperaban a que La Beluga acabara de trazar su trayectoria, él fue el primero en percibirlo.

—¿Lo oís?

—Estás chalado, gilipollas… —comentó alguno, quitándole importancia.

Un ruido profundo comenzó a escucharse por el norte, similar al tronar de una tormenta o al batir de tambores de una compañía de alabarderos en los desfiles militares, y se acercaba. A medida que pasaba el tiempo resultaba más parecido al producido por un reactor volando a baja altura, como los que solían divisar haciendo maniobras sobre el mar, más al norte, en la zona utilizada por la OTAN para sus devaneos militares cerca de Stornoway y que también estaba prohibida para ellos.

—¡Va a tener razón el crío, avisa al capitán! —gritó el más grande mientras una sombra recorría a la carrera el trayecto que la separaba del puente.

La lluvia seguía cayendo, moteando de gris la superficie del mar que se movía como el pecho jadeante de una enorme ballena. En un primer momento no reaccionaron, la tripulación dejó sus quehaceres por unos instantes, abandonando el material, acercándose al mamparo de estribor. En milésimas de segundo tomaron conciencia de lo que se les estaba echando encima: primero una mancha oscura suspendida en la noche, después, una entidad alada que se acercaba a enorme velocidad, rugiendo, revolviendo el agua a sus espaldas en una nube de agua iluminada por los motores que lo impulsaban.

—¡Hijo de puta, nos va a volcar…!

Volaba a menos de diez metros sobre el negro mar y parecía que iba a estrellarse contra el barco. Se elevó ligeramente para evitar el mástil dejando ver la estrella roja sobre el timón de cola; gritaron como posesos, incrédulos, tapándose los oídos mientras la sombra restallaba al encontrarse cerca de la luz de los reflectores, sobrepasándoles y soltando lo que parecía una nube de papeles plateados que se dispersaron a su alrededor. El barco recibió el impacto brutal de la onda expansiva y el golpe de mar, cabeceando bruscamente y moviéndose como una cáscara de nuez en mitad de una galerna. Los cristales del puente saltaron hechos añicos y varios aperos arrastraron a los hombres que se debatían en cubierta sin que nadie intuyera que tras la silueta que se alejaba se acercaba un misil de manera irremisible. Las luces de los motores del aparato se perdieron acercándose al agua, volando apenas a cinco metros sobre su superficie. Un centenar de metros detrás, el misil también descendió, variando suavemente la trayectoria, siguiendo la ruta radárica de un nuevo objetivo, para terminar su vuelo a unos metros del casco de la embarcación. La explosión iluminó la noche, estallando en naranjas y púrpuras, destrozando la embarcación y levantando hacia el cielo un millar de astillas de madera y metal junto a los cuerpos desvencijados de los tripulantes. En pocos instantes La Beluga era historia.

A través de la densa nube de vapores y humo, otro misil devoraba terreno tras su presa apenas unos instantes más tarde; libre de obstáculos avanzó siguiendo la estela del avión, acercándose fiel a cumplir su cometido. La cabina de la nave rusa zumbaba desenfrenadamente, anegando de luces rojas el casco del piloto y los instrumentos. La nave maniobró al borde de la estabilidad, temblando, jugando sobre el mar a la ruleta rusa, lanzándose en frenética carrera con dirección a los oscuros farallones de la costa cercana que se recortaban contra un cielo iluminado por la presencia de alguna población costera, buscando amparo en las innumerables columnas de roca que emergían desde el mar. Alabeó a babor, luego a estribor… siete segundos… seis segundos… cinco segundos, apertura con dirección a los acantilados, …cuatro segundos y escalada al límite, rompiendo el silencio en mitad de la lluvia y la oscuridad; acelerando primero y apuntando la nariz hacia el cenit del techo nocturno como única escapatoria mientras soltaba otra tanda de chaffs, la última; volviendo a acelerar después para no entrar en pérdida.

Lejos, algunas rocas se desmoronaron sobre el agua y la arena mientras un temblor recorría e iluminaba el mar tras la explosión del misil contra los promontorios. En el interior del cockpit, un hombre se aferraba al mando de su avión aguantando la presión generada por el impulso que le comprimía brutalmente contra el asiento. A través de la suave nube de vapores y humo que rodeaban los restos desperdigados y en llamas de La Beluga, dos Tornado FMK2 de la base de Leuchars surgían de la noche siguiendo las huellas de los misiles que había lanzado el primero de ellos.

Girando hacia la costa de Ballantrae la primera sombra se elevó ganando altura y tiempo, estabilizándose como una saeta que busca la diana, consciente de que su velocidad punta le ofrecía una ventaja que no debía desaprovechar. El piloto sabía que tenía detrás una misión scramble en toda regla, y que le quedaba poco tiempo pues pronto tendría a toda la RAF sobre su pista. Agotado el combustible adicional, soltó el contenedor que albergaba la nave entre las góndolas motrices. Otro centenar de metros hacia arriba abriendo postquemadores para alcanzar Mach 2, apurando la seguridad, sumergiéndose peligrosamente en los corredores civiles aéreos del noroeste de Gran Bretaña y esperando no tropezar con algún avión comercial que viajara hacia Glasgow mientras avanzaba entre jirones de nubes. Trepada a treinta grados realizando otra escalada, al final, para completar un rizo y descender violentamente para colocarse en mejor posición de ataque, otra vez entre las nubes, sobre las colinas de Galloway, buscando cortar el camino a sus perseguidores realizando un giro.

—…uno cero cinco, subiendo a doce mil.

—Roger, líder.

—Lima Charlie pasad a frecuencia Boulmer, repito: frecuencia Boulmer.

—Confirmado Benbecula, pasamos a Boulmer, repito: pasamos a frecuencia Boulmer. Boulmer, viramos Este Sureste…

—Entendido Lima Charlie dos, aquí Control de Misión, lo tenéis en uno cero dos, a trece mil y estacionario, virando…

—Roger, uno, ascendemos…. ¿has oído tres?

—A tus cinco y media… ascendiendo.

Un par de kilómetros detrás, las dos naves maniobraban tratando de alcanzar al avión ruso, en formación cerrada. Desde Boulmer y Bishops Court, en Irlanda del Norte, se trataba de coordinar una segunda misión que partiría desde Coningsby, al sur, trazando la trayectoria posible del Fulcrum que sobrevolaba tierra firme; dos FMK3 carreteaban por su pista para despegar con dirección al noroeste; en High Wycombe se preparaban para repeler un posible ataque sobre las posiciones civiles y militares del sur de Inglaterra. El coordinador general de la Región de Defensa Aérea de Gran Bretaña esperaba lo peor, un mouse había sorteado con éxito el Flanco Este, y nadie sabía de sus intenciones. En el Ministerio los teléfonos sonaban sin cesar y alguien recomendó llamar al Primer Ministro sin que de momento nadie se atreviera a hacerlo.

—Bandido en uno cero uno, a trece mil quinientos, descendiendo y girando hacia vosotros.

—Negativo, uno, no lo vemos…

—Lima Charlie, estáis muy bajos, lo tenéis delante, tenéis que verlo… desciende a doce mil setecientos

—Lo tengo…, ¡mierda, lo hemos perdido! —crepitó la radio del punto.

En LC 2 y 3 los radares habían marcado la situación del MiG hasta que quedaron ciegos.

—Aquí LC dos, lo hemos perdido Ironmaiden, ¿qué ocurre ahí abajo?

En tierra la situación era similar, el blanco había desaparecido de las pantallas de radar como si se lo hubiera tragado la noche, la última posición lo delataba en cota doce mil doscientos.

—Lo hemos perdido también. ¡Ha desaparecido de la pantalla!… ¿Bishops lo tienes?

—Negativo, están fuera de nuestro alcance…

—Lo tengo, lo tengo, a la una y media —LC 3 acababa de percibir un chasquido luminoso en su radar— lo he perdido de nuevo… está ahí arriba.

—Control a partida de caza: seguid ruta tres uno cuatro y pasad a visual hasta nueva orden, lo tenéis a quinientos.

Los dos Tornado rasgaron el cielo tratando de divisar a una presa que había desconectado el IFF en el momento en el que el piloto escuchó a través de sus auriculares el sonido característico que anunciaba que los objetivos estaban dentro de su alcance; esperaría unos instantes a que estuvieran más cerca sabiendo que se la estaba jugando, un error y él también sería presa de sus propios misiles. ZG, accionó por fin el lanzamiento de los R—23R interiores, abriéndose a babor mientras aceleraba.”Spawn” percibió la señal demasiado tarde. Como un fogonazo el Fulcrum se materializó en la pantalla de su radar junto a dos puntos más, apenas a un centenar de metros a diez grados de su vertical.

—¡Lo tenemos encima, ha dado la vuelta, lo tene… —el cockpit se llenó de destellos y de ruidos— …maiday, maiday, misil, misil…!

—Salid de ahí… lo tenéis encima a la derecha…

—¿A la derecha?

—Negativo, negativo…

La cabina zumbaba en rojos por los cuatro costados. “Wild Boar” Alberts elevó el morro de su caza al observar la maniobra que acababa de hacer el líder de la misión tratando de evitar la trayectoria del primer artefacto y comenzando a efectuar un giro muy abierto hacia estribor, para esquivar el ataque frontal y situarse tras la cola de la sombra gris que aceleraba y comenzaba a perderse de nuevo; LC 2 estuvo a punto de tragarse el misil al tener un maravilloso ángulo muerto producido por su compañero; los mecanismos del artefacto actuaron por inercia estallando a corta distancia del primer Tornado, en el aire, en mitad de su maniobra de giro, desestabilizándolos a ellos mismos mientras trataban de realizar un medio tonel a babor intentando recuperar la estabilidad, enderezando la nave.

—¡Maiday, maiday…! —la voz de Andrews sonaba a través de los auriculares de “Spawn” mientras trataba de divisar al enemigo en su pantalla.

Alberts obligaba a su avión a salir del giro, apurándose a estribor para recoger la estela del avión ruso, recibiendo de lleno las turbulencias generadas por los potentes motores del Fulcrum mientras el segundo misil buscaba impaciente el volumen de LC 2 que trataba desesperadamente de recuperar la estabilidad ofreciendo una impecable posición de impacto. Una deflagración de combustible y piezas de metal, de cuerpos y explosivos, anunciaron sobre el cielo de Aberystwyth el final de trayecto?para el líder de la misión. “Spawn” Brennan, el segundo de Alberts lo vio entonces, enfrente, a unas yardas, ligeramente elevado sobre su posición, girando otra vez. Trayectorias encontradas, fuego de 30 mm. que se abría paso en el fuselaje de LC 3, tocando el sistema de configuración alar y comprometiendo la versatilidad de la misión. La panza del MiG-29 pasó a escasos metros de la cúpula; la luz de posición de babor del aparato ruso pareció meterse hasta el fondo de la cabina del Tornado. El rugido de los motores del avión lo llenaron todo. El reactor tembló al encontrase en el interior de las turbulencias generadas por la estela del ruso. Los papeles habían cambiado; el perseguidor era ahora la pieza a cazar. Alberts abrió postquemadores y lanzó su avión hacia el cielo profundo, tratando de escapar de una fuerza intangible que se abría paso tras la nave. Apertura dislocada hacia babor… intentando maniobrar para despegarse de una sombra que se movía a su cola y que continuaba escupiendo fuego mientras les seguía.

—¡Lo tenemos encima…!

—Te he oído —maldijo el comandante.

Looping cerrado con tonel a estribor…

—Ese hijoputa parece que lo huele.

—¡Prepara misiles….!

Los dos aviones permanecían pegados mientras surcaban el infierno, alcanzando un paisaje de nubes azuladas bajo la luz de la luna, por encima de la lluvia.

—¡Prepara los misiles! —repitió.

—¡Estás loco!, lo tenemos muy cerca…

—¡Es una orden, prepara los misiles, no tenemos tiempo…

—Necesito espacio…

—¡Nos va a freír los huevos! —repitió Alberts aferrando el joystick con las dos manos—. armalos, lánzalos y reza.

—¡Roger, misiles listos, IFF desconectado! —Brennan sudaba y sólo escuchaba el fuerte latido de su propio corazón.

Descenso en picado. Vuelo a baja cota sumergiéndose de nuevo en la lluvia, tratando de encontrar un maldito ángulo con el que poder lanzar la carga ofensiva. En los retrovisores de LC 3 la proa del MiG que había dejado de disparar seguro de que pegado a la popa del avión británico evitaría la respuesta. Sombras bajo un cielo que se acababa de abrir descubriendo el trayecto de la ruta 470 hacia Cardiff mientras los dos aviones ejecutaban una macabra coreografía en plena ascenso. Trepada a plena potencia y descenso en fuerte picado, con giro cerrado a estribor, con el ruso pegado al timón de cola.

—¡Negativo, no puedo señalarlo, no puedo maldita sea!

—Voy a intentar rotura de contacto, agárrate… no nos queda combustible…

—Lima Charlie tres, aguantad, otra misión va en vuestra ayuda.

—Negativo, no hay tiempo, no hay tiempo…

—Salid a rumbo uno dos ocho, repito: uno dos ocho… evasiva.

—Confirmo rumbo uno dos ocho, once mil…

—Roger, Lima Charlie, once mil en uno dos ocho…

LC 3 elevó el morro para ganar un tiempo precioso mientras enfilaba de nuevo el cielo y cerraba un giro que le permitiera dejar descolgado al Fulcrum que se veía obligado a realizar una trayectoria más amplia; por un instante lo vieron en paralelo, adelantándolos. Un último intento por despegarse. LC 3 se abrió hacia babor, pero el ruso descendió ganando velocidad ejecutando un rizo que lo situó de nuevo tras la estela del avión británico que trataba por todos los medios de despegarse mientras conseguía acercar al ruso a la línea de interceptación de la misión de Coningsby.

—Nos tiene cogidos ¿por qué no dispara?

Alberts trazó un tonel y un rizo, en una maniobra desesperada por evitar lo inevitable, para acabar presentando la proa a su enemigo y tragarse de lleno una andanada que barrió el cockpit y alcanzó los depósitos de combustible.

El MiG-29 se convulsionó en el aire al recibir el impacto de la onda expansiva producida por la desintegración de LC 3. El piloto perdió por un instante el sentido, para recobrarlo mientras la cabina estallaba en ruidos y pitidos. El propulsor de estribor se había parado. La maniobrabilidad estaba comprometida, la aviónica inservible; navegaba a ciegas, con un solo motor, cuando los vio acercarse por babor, a las 2. Se dispuso a abandonar la nave mientras el líder de la nueva misión lanzada desde Coningsby identificaba su nave para que el punto táctico disparara los misiles que no iban a fallar.

Aceleró como pudo, elevándose unos centenares de metros, la cúpula de la cabina saltó entonces de sus goznes de sujeción, impulsada por las cargas detonadoras. Nervioso, accionó el mecanismo de eyección que tenía entre las piernas, tirando con fuerza, adoptando una posición rígida. El impulso del lanzamiento le comprimió contra el asiento mientras éste ascendía estrepitosamente hacia la noche. El dolor en la espalda se hizo insoportable; se dejó hacer mientras superaba el terrible empujón que comenzaba a remitir y la pértiga y el primer paracaídas estabilizaban el asiento y su ocupante. Momentos más tarde el K-36 se desprendió siguiendo una pauta preestablecida, cronometrada; y se abrió el paracaídas principal mientras su avión estallaba definitivamente en mil pedazos. Comenzaba su misión.

Texto: © J.A Tellaexte Isusi y Editorial Ludotecnia
Maquetación y Programación: © Nah Alone

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