Inmersión

Posted by el Miércoles, agosto 6th, 2008

© Nah Alone

(1997)

El submarino ruso Lávochkin les había acompañado en su inmersión hasta los 4.909 pies, abandonándoles a aquella profundidad mientras se colocaba en situación estacionaria esperando su retorno; en la superficie el temporal del noroeste había pasado sobre los costados y por encima del Kronotzkij, a unas trescientas millas en dirección sur—suroeste de las costas occidentales de Irlanda, sobre la vertical de la llanura abisal de Porcupine, en la zona oriental del Atlántico. El batiscafo seguía su camino silencioso y oscuro, en sus entrañas el cabo ingeniero Riazhsk como piloto de la nave en la burbuja inferior, en la superior el Teniente Gorki, responsable de la misión, y el submarinista Majazhkala, encargado de manejar la unidad GRII que viajaba unos metros por encima, en el exterior. Todos ellos habían permanecido más de dos horas descendiendo por la negrura azulada que los envolvía, sólo visible a través de las portillas de cristal presurizado de que disponía el sumergible en su parte delantera e inferior. El Kola formaba parte integrante, junto a su gemelo Kamchatjka y otros tres aparatos más, de las modernas unidades de salvamento submarino de la armada rusa. En la última veintena de años habían sido numerosas las pérdidas accidentales que se habían ocasionado entre los submarinos de la flota soviética; tras el periodo posterior a la era Gorbachov, la falta de presupuestos y el cansancio de las tripulaciones habían derivado en una situación alarmante en lo que al mantenimiento de la antigua flota se refería; muchas naves estaban siendo retiradas y descansaban en los muelles de Murmansk, Arkangel´sk y Vladivostok, y las que todavía se hallaban en activo precisaban de una serie de cuidados que Moscú no podía pagar. En 1971 se estableció el primer programa de desarrollo de submarinos de auxilio que derivó en la creación de la serie “Troika” a mediados de los 80; batiscafos dotados de la más moderna tecnología, directamente derivados de las experiencias en el espacio exterior y las realizadas a gran profundidad de sus primoshermanos “Mir”, perfectamente capacitados para las misiones de salvamento que se les encomendaban.

Los “Troika” era sumergibles que ocultaban en su interior una serie de esferas, de titanio —hasta cinco en total—, que a su vez se hallaban embutidas en una unidad cilíndrica, también de titanio, cuya parte delantera y posterior eran semiesféricas; en la popa, disponían de una esclusa vertical estanca por donde se accedía a los submarinos accidentados; el espacio de separación entre las esferas y el cilindro servía para albergar una sustancia oleaginosa que acrecentaba su densidad con las bajas temperaturas convirtiéndose en una especie de materia esponjosa muy estable, lo que confería al conjunto una mayor resistencia frente a las tremendas presiones que tenía que soportar una vez sumergido a grandes profundidades y evitaba, en cierta medida, la trasferencia de calor desde el interior al exterior. El Kola era de los más pequeños y su configuración actual estaba constituida por una única esfera que disponía de una protuberancia en su parte inferior donde se alojaba el sistema de navegación y el piloto. En su parte posterior —habilitado para contener otras dos esferas,
dispuestas para alojar a las tripulaciones rescatadas, y que ahora habían sido eliminadas— descansaban las potentes baterías electrógenas —que alimentaban al submarino durante el descenso y le darían vida una vez hubiera llegado a su objetivo—, así como una ampliación del número de tanques esféricos de aire y lastre de agua variable que le permitirían una mayor maniobrabilidad tras soltar el principal, de dos toneladas, alojado en el exterior junto al GRII y que les empujaba hacia abajo. Todo ello insertado en una estructura reticular de acero y titanio —común a todos los “Troika”—, recubierta de una envoltura de poliéster y fibra de vidrio que le daba al Kola el definitivo aspecto aerodinámico propio de su clase, y que permitía, también, el asentamiento encastrado de los equipos de iluminación y un pequeño brazo articulado que sobresalía en la proa; encima, la torreta que evitaba que el agua entrara cuando se hallaba en superficie y que cobijaba la compuerta principal, único lugar de acceso al sumergible.

La elección de la serie “Troika”, para una misión como la que realizaba, dependía fundamentalmente del tamaño del objeto que tenían que recuperar y de su propio índice de maniobrabilidad, bastante superior a los “Mir”. Antes de la adecuación que había sufrido, el Kola era capaz de bajar hasta profundidades inferiores a los tres mil metros, y ahora podía llegar hasta los cinco mil o seis mil con facilidad, con un empuje vectorial que le permitía arrastrar hasta una tonelada y media; con la reducción de peso su capacidad ascensional subía a las dos toneladas, más que suficiente como para arrastrar hasta la superficie los setecientos kilos que pesaba el objeto que buscaban y el propio del batiscafo en el caso en que la unidad GRII no pudiera hacerlo.

El habitáculo era estrecho en la burbuja principal, los cuerpos de los tres hombres apenas cabían en el ambiente húmedo y oscuro sólo roto por la parpadeante luminiscencia que surgía de los innumerables aparatos con los que compartían el exiguo espacio y la producida por un par de lámparas halógenas rojas. El sonido de los motores eléctricos ronroneó por el interior espartano del batiscafo, donde los tres hombres se repartían el espacio que les hacía falta como podían: el piloto sentado en la esfera inferior que ocupaba la parte central, ligeramente adelantado, sujetando los mandos que movían las aletas y la dirección de los pequeños impulsores situados a los costados, en el exterior, tratando de contrarrestar la fuerte corriente que los movía como un péndulo; el teniente arriba, a su izquierda, tumbado boca arriba sobre el enrejado que tapaba la sentina, controlando la radio, el pequeño sonar, el profundímetro y los numerosos relojes —rodeados de botones— que alertaban sobre el estado general de la nave; a su lado el submarinista Anatoli Majazhkala
frente a las consolas de manejo del robot y de la GRII.

Descendían empujados por la fuerza de la gravedad y el peso del lastre; lo habían hecho a mayor velocidad al principio y ahora con una gran resistencia, debido a la presión fundamentalmente, y a la fuerza que los empujaba en estos momentos y contra la que luchaba Riazhsk a doce mil cuatrocientos sesenta y dos pies de la superficie.

—¿No puedes dejarlo, Anton?, ahí abajo necesitaremos toda la energía para movernos.

—Si esto continúa tendremos que abandonar, nos estamos desviando demasiado y la GRII puede soltarse.

La unidad GRII era un simple arnés cuadrangular, de acero y titanio, que albergaba una serie de mecanismos que deberían ser enganchados al aparato que buscaban y permitirle llegar a la superficie para ser recogido. Aquella misión era la primera que utilizaba un sistema paralelo de un “Troika” y una GRII, lo que conllevaba un riesgo accesorio que se estaba convirtiendo en un auténtico peligro en mitad de aquella corriente que movía al Kola y sus accesorios exteriores.

—Déjalo caer durante mil pies más, si para entonces no hemos abandonado la corriente soltaremos la GRII y subiremos; si conseguimos estabilizarnos, tendremos tiempo de recuperar la trayectoria una vez estemos abajo.

—Como ordene teniente… —Riazhsk sudaba por la tensión a pesar del frío y la humedad reinante.

Majazhkala les miraba sujetando el libro que había estado leyendo durante el descenso, con los cascos todavía sobre sus orejas, dejando escapar el chasquido residual producido por la música que estaba escuchando. Permanecía embutido en un grueso anorak tratando de guarecerse del intenso frío que hacía.

—¿Algún problema? —preguntó.

—Nos estamos desviando… —el teniente se volvió hacia los instrumentos que tenía sobre su cabeza.

—Puedo intentar corregir la trayectoria con ayuda del «bicho»…

—Deja al «bicho» tranquilo, no hace falta que malgastes las baterías, de momento no creo que nos haga falta modificar nada —Gorki miraba la pantalla de sonar— ¿qué demonios estás oyendo?

El submarinista accionó un pequeño interruptor y por los altavoces generales—que hasta aquel instante habían estado vertiendo en el interior del habitáculo música de Bach, Grieg y Tchaikovsky—, comenzó a sonar un repiqueteo lastimero, con una cadencia triste y melancólica de la que surgían voces de coros siguiendo una melodía que se podía definir como tenebrosa y en cierto modo lúgubre.

—¿De dónde has sacado eso? —el piloto se volvió ligeramente hacia el lugar que ocupaban, sus compañeros.

—Es de una película… —Anatoli recogía la caja que había contenido la cinta magnetofónica cuya música seguía inundando el pequeño espacio— …”La Escalera de Jacob”; no la he visto —concluyó para sí.

—¿Americana? —preguntó el teniente.

—Sólo me manda música de películas y grupos americanos.

—¿Vitali?, tu hermano está tan loco como tú —Anton miraba directamente a Anatoli desde abajo, tratando de eliminar la tensión que había acumulado tratando de enderezar la nave, se hallaba entumecido.

La composición seguía su curso descendente y tétrico, como el propio submarino, para elevarse suavemente y volver a bajar entre cambios de tono.

—¿Cómo anda el mayor de los Majazhkala, el carnicero del Queens…?

—Mejor que en la armada, al menos de matarife se gana un sueldo que le pagan a la semana… y puntualmente —hizo un gesto con sus manos.

—¿Es cierto que las hamburguesas se hacen con carne picada de perro?

—Al más puro estilo de casa…

Rieron ante la ocurrencia del submarinista mientras la música seguía golpeando rítmicamente los tímpanos de los tres hombres, y los coros acrecentaban el discurso triste con su entonación, pero en la cabeza de Riazhsk aquello se convertía en una letanía hipnótica que le obligó a cerrar con fuerza los ojos, mientras apagaba definitivamente el grupo impulsor, permitiendo que el Kola cabeceara ligeramente y girara sobre sí mismo como hiciera al comienzo del descenso.

Riazhsk se frotaba la cara, intentando enfocar correctamente lo que tenía delante:

—¿Cómo tenemos la mezcla?

Gorki miró los indicadores de presión, y los relojes que medían la calidad del aire que respiraban y que atravesaba el filtro de hidróxido de litio que eliminaba el residual y peligroso anhídrido carbónico del aire en perpetuo reciclaje.

—Ahora que no me oye nadie… —Gorki hizo un gesto ostensible con dirección al exterior del submarino, mientras golpeaba con el índice de su mano derecha sobre el cristal de uno de los marcadores—, os habrán ingresado la paga de enero y febrero… la mezcla parece correcta Anton, ¿te ocurre algo, quieres que aumente el nivel de oxígeno?

El sistema de aire y ventilación, de circuito cerrado, podía compensar la merma de oxígeno con el aporte de una cantidad extra que surgía desde un contenedor colocado entre los tanques de lastre variable.

—Me siento un poco mareado, he pensado que tal vez fuera…

El teniente abrió la espita del oxígeno hasta que la presión se estabilizó de nuevo mientras observaba la pantalla del sonar:

—Nos estabilizamos, la corriente parece que desaparece… ¿y ahora? —se dirigió al piloto que había vuelto a activar los motores para enderezar el aparato.

—Mejor, de todas formas os agradecería que quitárais esa mierda —Riazhsk seguía sintiendo molestias mientras maniobraba el sumergible.

—Ya has oído al cabo, quita esa porquería Anatoli. Antón, para los motores, seguimos descendiendo.

—De acuerdo…

Majazhkala comenzó a leer un pasaje del libro que todavía descansaba entre sus manos; con voz entonada y susurrante, empezó a declamar:

—«Ahora que nadie escuchaba sus lamentos, Gordon se sintió profundamente solo. Llevaba varias horas aferrado a aquel pedazo de madera, meciéndose entre las olas del infinito océano, con el amargo sabor del salitre en la boca y un profundo escozor en sus abiertos labios. Apenas sentía el frío que le atenazaba, como una mano gigantesca —Anatoli gesticulaba—. Tenía los miembros entumecidos por la dilatada estancia en el mar, y apenas recordaba nada de lo sucedido, salvo el brusco movimiento que hizo zozobrar al bergantín antes de hundirlo con toda su tripulación dentro…

—Nuestro submarinista está realmente enfermo… —rió el teniente.

—…entonces lo sintió, profundo y silencioso, moviéndose muy, muy abajo…

—Majazhkala continuaba amenizando con gesticulaciones su narración, como un actor de teatro, modulando la voz y acoplándola al ritmo de la música— …en su lecho marino, abriendo aquellos colosales ojos vidriosos y negros, agazapados entre la carne blanca que despertaba de nuevo, moviendo sus tentáculos y observando arriba cómo lo hacía una minúscula sombra agarrada a una tabla…

—¡No me jodas que has estado leyendo esa mierda durante todo el descenso, tienes unos cojones que te los pisas, hace falta ser capullo…! —el teniente seguía riendo.

—Quita eso Anatoli, me está poniendo nervioso… Anatoli, quítalo de una jodida vez —Riazhsk se sentía alterado escuchando la lectura que llevaba a cabo Anatoli, y la música que se le introducía en la cabeza sin querer salir, seguía sintiendo que le faltaba el aire—, quítalo por favor…

—…y comenzó a nadar hacia la superficie nocturna, con dirección a su presa, abandonando a su paso una pustular esencia maligna que se diluyó al tocar las arenas y rocas del fondo, impulsado por una fuerza ignota y brutal que surgía de su interior…

—Hace años escuché a un sueco una historia similar, creo que allí lo llaman “Krakon”, o “Kraken”; es como un calamar gigante de esos que dicen que viven a gran profundidad, durante siglos han creído que era capaz de hacer desaparecer barcos con sus tripulaciones.

Anton se revolvió en su sitio, con la cara pálida y los ojos bien abiertos; seguía sudando y sus palabras apenas fueron un susurro mientras la ventanilla de cristal presurizado se convaba, y las luces interiores del batiscafo se volvían iridescencias encarnadas que salpicaban sus pupilas dilatadas.

—Dejadlo, por favor, Dejadlo… —se había incorporado mientras la música seguía golpeándole el cerebro, y las palabras dictadas por el submarinista le devoraban los sentidos hasta convertirse en una extraña presencia que permanecía a su lado y que se propagaba hasta el exterior donde parecía como si les observara desde el interior de la negrura que envolvía al aparato. Tenía la mirada perdida en un lugar lejano, más allá de los mamparos y tubos que recubrían el interior de la nave y se movía lentamente, balanceándose compulsivamente, mientras con las manos trataba de agarrarse las rodillas, acuclillándose; sus labios repetían en voz baja palabras que se perdían entre la verborrea de Anatoli y las risotadas de Gorki:

—…viene, viene…

Tiritaba y un escalofrío le recorrió la espalda, crispada, a punto de romperse por el esfuerzo que le llevó a levantarse sobre las puntas de los pies mientras seguía balanceándose:

—…está ahí, viene, no podéis entenderlo pero está ahí y viene… viene…

Majazhkala se había callado y miraba directamente al piloto, con cara lívida, mientras hacía gestos al Gorki para que dejara lo que estaba haciendo y observaba como Anton se agachaba ligeramente para recoger algo de entre los instrumentos que le rodeaban.

—¿Qué pasa? —el teniente lo vio entonces, incorporándose unos palmos.

—Viene… —las palabras surgieron de la garganta de Riazhsk como un lamento gutural, transformadas en algo que de no haberse producido en aquel lugar y a aquella profundidad habría provocado la risa; instantes después el cabo comenzó a sollozar, todavía de pie, hasta que su cara desapareció bajo sus manos enguantadas.

—La puta mezcla —Gorki se había girado moviendo sus dedos de forma nerviosa, accionando y golpeando las llaves y los relojes—, siempre igual, algún día esta mierda acabará con nosotros…

—¿Qué te ocurre Anton?, relájate y siéntate, descansa un poco, enseguida se te pasa…

El submarinista había avanzado sus brazos mientras reptaba tratando de recuperar la vertical muy cerca de su amigo; quiso abrazarlo para darle calor y calmarlo cuando éste levantó la cara y le miró a los ojos mientras le propinaba un puñetazo que lanzó la cabeza de Anatoli contra la consola superior con un sonido hueco, comenzando a gritar en un alarido que resonó en el interior de la burbuja, para terminar diciendo en voz alta:

—No lo entendéis, viene, viene a por nosotros…

—Maldito hijoputa, estáte quieto… —Gorki se había enderezado y se quedó quieto, helado, cuando observó la llave inglesa que blandía el piloto en la mano izquierda— ¿qué haces, te has vuelto…?

El golpe sonó seco y el crujido del cráneo del teniente reverberó en infinitos ecos en los ídos de Majazhkala, quien trataba de recuperarse del golpe que había sufrido y veía, incapaz de pararlo, cómo el piloto comenzaba a golpear los instrumentos y las paredes de metal. Trató de impedirlo, pero su posición se lo impedía y a punto estuvo de tragarse la maldita llave inglesa que acabó sacudiendo el mamparo que tenía sobre su cabeza, lanzando chispas y rompiendo circuitos. El batiscafo seguía su viaje descendiendo por la negrura que lo rodeaba, pero ahora se movía de una forma inestable, como si en su interior dos hombres lucharan a brazo partido por sus propias vidas sin que nadie pudiera escuchar los gritos.

Por los altavoces interiores sonaba la versión que Al Jolson hacía del “Sony Boy”, cuando el lastre general se soltó de uno de sus puntos de sujeción de babor, arrancando de cuajo otros dos y quedando únicamente unido al sumergible por el cuarto, sobre la parte superior de la GRII, entre los patines, muy cerca de la plataforma que sostenía el pequeño robot explorador. El batiscafo se inclinó peligrosamente hacia el lado de estribor y recorrió así un centenar de pies a la misma velocidad de descenso, como si no hubiera ocurrido nada en sus entrañas. Majazhkala empujó el cuerpo inerte de Riazhsk maldiciendo aquella mierda, cuando un ruido profundo seguido de un crujido anunció que la unidad exterior se acababa de soltar también en alguno de sus puntos de ajuste, seguramente por efecto del peso del lastre. Tenía la cara empapada por la sangre que manaba de su cabeza y trató de activar, con manos temblorosas, la cuarta sujeción para soltar del todo el lastre que le arrastraba y deshacerse también de la GRII, mientras trataba de no perder pie en la plataforma inclinada, evitando los continuos chispazos eléctricos que le iluminaban la cara y maniobrando las aletas exteriores para que el Kola recuperara la estabilidad perdida mientras seguía impasible su camino de descenso hacia el abismo.

Texto: © J.A Tellaexte Isusi y Editorial Ludotecnia
Imagen: © Nah Alone
Maquetación y Programación: © Nah Alone

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