Turismo

Posted by el Miércoles, agosto 6th, 2008

© Nah Alone

-Y a la derecha podrán ver el monumento a Gutiérrez Diosdado, el famoso escultor que nació en una casa que se levantaba justo ahí.

-¿Y que pasó con la casa?

-Se perdió tras un terremoto. Ahora, cuando el autobús aparque, tendrán tres horas para visitar el casco antiguo de la ciudad.

El enorme autobús giró torpemente entre el tráfico, buscando un lugar para soltar a los turistas. En la plaza del Tiempo lo encontró y comenzaron a salir. Los turistas eran 49, pero seguirles la pista por una ciudad extraña a todos sería muy problemático. Sigamos a uno:

Tras bajar del autobús, dio unos pasos inseguros esperando que las piernas le volvieran a funcionar. A regañadientes lo hicieron y pudo disfrutar de la plaza. No era muy grande, pero el blanco color de sus piedras brillaba con el sol, aumentando la sensación. En el centro había una fuente con forma de reloj de arena. Unos surtidores alimentaban la parte superior con agua que caía simulando el paso del tiempo. A su alrededor, sus compañeros de viaje disfrutaban haciéndose fotos y tirando monedas al agua. Rodeó la plaza con la vista buscando por donde ir, y en la primera calle que le pareció satisfactoria puso su objetivo, esperando que no le siguiera nadie del grupo. Deseaba conocer la ciudad a solas. Al llegar a la calle ocultó la pequeña cámara fotográfica en el bolsillo de su chaqueta y con paso seguro divagó mirando escaparates, gente. Le llamó la atención una pastelería en la cual no había ningún cliente, solo un anciano delgado detrás del mostrador, de pie, muy serio, vigilando que ningún dulce saliera corriendo. De dentro escapaba, eso si, un leve olor dulzón y húmedo, a periódico viejo y pastel. El tendero le miró a los ojos y a punto estuvo de convencerlo para entrar y comprar algo, pero lo evitó acelerando el paso.

Finalmente, desembocó en una larga y sinuosa calle peatonal. Aquí la cantidad de gente y comercio era apabullante, puerta tras ventana no veía sino género de todo tipo. Tiendas ya carentes del carácter turístico de los aledaños de la plaza del Tiempo. Ya estaba en la ciudad real. Tiendas de alimentación, ferreterías, de regalos, bares, una mañana cotidiana. Decidió entrar en un bar. El que eligió estaba casi vacío. Una pareja tomando café, un hombre mayor quejándose de sus penas a un vaso vacío, un lector de periódicos. Poco más. Se sentó en la mesa mas alejada, donde podía ver todo el bar, y esperó al camarero…

-Buenos días. ¿Qué desea tomar?

-Ah, bien, un café con leche. Nada más.

-Bueno

Ese “bueno” tenía poco de bueno, era un “bueno” de vaya mañana, solo toman café y el borracho una copa, un “bueno” de aburrimiento. La cafetera comenzó a hacer ruido al minuto. En la otra mesa, el solitario hablador estaba bastante interesado en el punto de vista de su vaso, pues lo miraba con cautela y en silencio, asintiendo a ratos La pareja continuaba hablando, y ella tras probar su café, rió un poco, dijo algo y se levantó. Fue hacia la trastienda. Él quedó esperando, probó un poco de su café y levantó la vista en dirección a la barra. El hombre del periódico sacó una bella pluma de su bolsillo y comenzó a escribir pensativamente algo sobre una página. Quizás un crucigrama. Crujió una puerta y ella volvió a aparecer. El camarero también vino, trayendo su café. Lo depositó con oficio y se fue de nuevo. Ahora ella salía por la puerta y él levantaba la mano en un ademán de despedida. Tras mantener la mano en alto quizás demasiado tiempo, volvió a su café, que dejó pronto para ir a pagar. Pagó y ya salía por la puerta cuando volvió sobre sus pasos para pedir un vaso de agua. Lo bebió y se fue. Su propio café estaba casi sin tocar, así que prefirió tomárselo caliente y antes que nadie se ofendiera porque le miraban. Miró al reloj y se sorprendió del tiempo que había pasado. Apuró la taza y pagó, dejando algo de propina para resarcir lo escaso de la consumición. Al pasar junto al hombre del periódico, miró de reojo y descubrió que nada de crucigramas. Solo dibujos sobre las fotos. El anciano volvía a responder a su locuaz vaso.

De nuevo a la luz del sol no recordaba de cual dirección provenía y ya que aún no quería volver, tendría que tener cuidado. Levemente le llegó el sonido de una música, y al no recordar ninguna se dirigió en esa dirección. Era un sonido de violín. Un hombre mayor, de pelo sobrenaturalmente blanco y un violín de madera muy oscura. No reconocía la melodía y trató de leer la partitura que usaba, pero no tenía título. Disfrutó un rato más de la música y se alejó de nuevo. A lo lejos distinguió una gran concentración de gente agolpada. Al acercarse comenzó a cruzarse con portadores de bolsas de plástico y objetos de la mas diversa índole. Aun más cerca resultó que había un mercadillo en ese parque. Los tenderetes de comida, cacharros, cosas de segunda mano, etc., no seguían orden alguno y se derramaban en desorden. Si bien pudo distinguir algunos turistas, incluso un par de sus compañeros, el carácter de este mercadillo también irradiaba familiaridad. Las mujeres saludaban por su nombre a vendedores, a lo que estos respondían con preguntas y noticias familiares. Rápidamente se metió entre la masa y comenzó a curiosear. En un pequeño puesto un serio hombre con una gorra a cuadros vendía billetes y monedas antiguas. También tenía algunas dagas militares y un estoque oxidado.

-Y esto, ¿cuanto vale?

-10.000 pesetas.

-Ya. ¿Y son falsos?

-¿Falsos? Anda, ¡Váyase!, será mierda el tío este, ni por 100.000 pesetas te vendía yo nada, ¡fuera o veras sí esto es falso!

Había metido la pata. Evidentemente la autenticidad de los objetos se debían decidir por el precio y el ojo de cada cual, no preguntando al vendedor. Vaya estupidez había dicho. Siguió andando y de nuevo paró en un puesto que vendía cintas de música. No compró ninguna. Un artista le ofreció hacerle una caricatura, y él accedió. No costaba caro y disfrutó un rato sentado al sol en una silla plegable. La gente a veces se paraba y miraba en silencio, moviendo los ojos de la cara al papel. Al acabar, la caricatura no estaba mal del todo, y le dio la mano al autor, tras pagarle. Quizás había accedido a pagar por ese dibujo para desagraviarse un poco por el error de antes, acallando su fallo con ese gasto. Ahora paró en un tenderete donde vendían unas parrillas para barbacoa, un lavabo y un busto de piedra, a tamaño natural. Miró de reojo el busto y dio un respingo.

-Oiga, ese busto, ¿De quién es?

-Mío, claro.

-¿Usted lo ha hecho?

-No, a mi me lo vendieron.

-¿Quién, quién se lo vendió?

El vendedor se puso nervioso. Claramente la situación no le gustaba.

-Bueno, me lo encontré en un contenedor de escombros, ¿lo quiere? Se lo doy barato.

-¿Barato?

-Bueno, lléveselo. Regalo de la casa. ¡Cójalo y váyase!

Con lentitud, mirando al vendedor por última vez, se agachó y levantó el busto, bastante pesado.

-¿Dónde dice que lo encontró?

-Mire, ya lo tiene, ¿no? Pues lléveselo. Déjeme en paz.

Sentado en la terraza de un bar, con el busto mirándole sereno desde la mesa, pensaba en lo raro del asunto. El busto tenía exactamente su cara. El jamás se había hecho un busto, ni había estado en esta ciudad, pero un ladronzuelo del tres al cuarto vendía en un mercado su imagen. Y no había querido decirle de donde lo había sacado. Evidentemente, la procedencia no había sido lícita, porque había tenido miedo al reconocerle idéntico a la escultura, y se había desembarazado de él rápidamente. Había estado torpe, ambos lo habían estado. Él tenía lógica, por la sorpresa del hallazgo. El vendedor, ¿Qué ocultaba? Realmente, era su cara. Hasta la redonda cicatriz de la mejilla, producto de la infantil varicela. Era su cara. No alguien parecido. Con cuidado, la puso de lado y buscó en la base. Estaba sucia y no podía ver bien. Con el pañuelo frotaba buscando algo, y lo encontró. Ponía J.L.M. ¿Serían las iniciales del autor? Las suyas no eran. ¿Como encontrar al tal J.L.M.? Debía volver a preguntar en el mercadillo. Entró en el bar y mientras pagaba preguntó:

-Perdone, tengo ir a hacer un recado. ¿Podría dejar esto un rato aquí y venir después a recogerlo) Es que pesa un quintal.

-Si, claro, por supuesto. Mire, lo dejo aquí, junto a la caja registradora. Muy parecido. Si me he ido ya, no tendrá problemas en convencer a mi compañero para que se lo de.

-No, no creo. Muchas gracias.

Volvió al mercadillo. Había pasado media hora. Comenzó a buscar hombre, pero no lo encontraba. Pronto cayó en la cuenta que en el puesto donde debía estar, estaba otro hombre. Pero el puesto era indudablemente el mismo. El lavabo era inconfundible.

-Hola. El que estaba antes, ¿donde está?

-¿Quién? Aquí solo estoy yo.

-No, en serio. Quiero verlo.

-Aquí solo estoy yo. Nadie mas. Si quiere algo, páguelo, si no, largo.

-Vale. Mire, no quiero causarle problemas, solo quiero saber donde consiguió el busto.

-¿Qué busto? Yo no vendo bustos. Vendo parrillas, loza, no bustos. ¿Ve aquí algún busto? ¿Ve aquí alguien algún busto? Yo no veo bustos. Se equivocará de puesto.

-Vale, puede ser. ¿Y sabe donde podría encontrar a alguien que me vendiera alguno? Es importante.

-¿Como de importante?

-¿Cuanto cree?

-Pues no se, ¿mil duros de importante?

-No tan importante.

-Ah, pues no se nada.

-De acuerdo, pero tome, le doy la mitad del billete. La otra mitad se la daré al hombre de antes cuando lo vea, y ya se lo pides.

-Como quiera. Espérele un rato en ese bar de ahí. Veremos lo que se puede hacer. Importante. ¿No?

Ahora había estado mejor que antes. Pero mil duros, quizás se había pasado. Aunque bien lo merecía averiguar de donde había salido este misterio. Y ni siquiera había pagado el busto. No era tanto, bien mirado. Otra cosa no, pero los bares de la ciudad se los estaba conociendo estupendamente. Este era algo más sórdido que los otros, con gente jugando a los dados y hablando en voz baja, no por educación. En el suelo había mucho serrín mojado y apestaba a orín. Pidió una cerveza y decidió mirar el bar solo por un pequeño espejo de anuncio colgado en la pared, para no inquietar a la parroquia. Unos minutos después pudo distinguir en la calle al hombre que esperaba. Miraba inquieto a su alrededor, esto le parecía raro. Pero se decidió. El bar era su territorio de todos modos. Entró.

-¿Qué querías?

-Mira, tengo interés en averiguar donde conseguiste el busto. No me importa como lo conseguiste, ¿de acuerdo? Cuando sepa donde me iré por esa puerta y ya no me verá mas.

-¿Y yo que gano diciéndotelo?

-Tome. Aquí tiene este medio billete de 5000. La otra mitad la tiene su amigo y será para usted si me lo dice. Me parece que no es mal cambio. Solo le pido un sitio.

-Vale. Le dije antes la verdad. Me metí en una obra y lo encontré entre los escombros. Estaba en la calle Agosto. No recuerdo el número, pero fue hace unos días. Aun estarán de obras.

-Gracias. Tome su mitad. Ha sido un placer.

Se levantó y se fue. El timar a estos tipos no se le había ocurrido hasta que lo dijo. Parecía que su cerebro comenzaba ya a despertar tras la sorpresa inicial. Rápidamente fue hasta el bar donde dejó su pétrea cabeza.

-Hombre, viene a por su “hermano”

-Si, gracias. ¿Ha dado problemas?

-No, no. Me ha hecho compañía.

-Vale. Hasta otra.

En el exterior apenas salía encontró un taxi libre, que paró a la primera. La calle Agosto estaba bastante lejos, lejos del centro, y tardaron un rato en llegar. Como no sabía donde debía parar, estuvo mirando para encontrar la obra. Era un bloque de pisos con jardín privado. La fachada estaba picada entera y desde las ventanas se podía ver que estaba vacío. El jardín estaba estropeado por la caída de cascotes y el paso de material. Un container lleno de muebles rotos, maderas y piedras quedaba bajo un tubo que permitía desechar material desde los pisos altos. Evidentemente, ahí no vivía nadie. Un cartel prohibía el paso sin llevar casco. Al fondo, unos hombres remoloneaban sin hacer realmente nada. Se dirigió a ellos.

-Buenos días.

-Buenos.- Todos le miraban en silencio. Algunos fueron hacia los andamios y otros cogieron unas palas.

-¿Donde está el que manda?

-No está aquí ya. Los sábados está apenas un rato.

-Ya veo. ¿Y me podría decir usted quién vivía aquí antes?

-Que va, ni idea. Estos pisos los ocupaban mucha gente. Cuando nosotros llegamos ya no vivía nadie.

-Gracias.

Allí tenía que estar la solución. En algún sitio. Se dirigió hacia la escombrera, con el busto bajo el brazo. Lo había cubierto con unas bolsas, para evitar problemas. De pronto escucho un “¡va!” seguido de un fuerte ruido y dio un salto atrás. Por el tubo había caído una gran cantidad de ladrillos rotos.

-Amigo, aquí no se puede estar, y menos sin casco.

-Ya, ya, perdone, ahora mismo me voy. Es que creo que aquí vivía un amigo mío, y no acabo de recordar si era aquí. No soy de la ciudad, y…

-Bueno. Tengo una idea. ¿Por qué no miramos en los buzones? Los hemos quitado, pero algunos aún tenían nombre.

-¿De veras? ¿Donde están?

-En la cubeta. Un momento. ¡Eh, que nadie tire nada! ¡Que voy a mirar algo del tubo!

Ambos se metieron en el contenedor, pero este estaba casi lleno y era muy difícil buscar.

-¡Va!

Escucharon un ruido y algo negro caer por el tubo. Sin mas, se encogieron esperando el impacto. Solo era arena. Unas risas sonaron desde arriba.

-¡Imbéciles, con eso no se juega! ¡Bajad, venga, bajad que os voy a dar arena! Cretinos.

En silencio siguieron apartando piedras y dejaron libre una pequeña estructura metálica donde iban los buzones empotrados en la pared. Faltaban algunos.

-¿Y los que faltan?

-No se, probablemente los hayan robado. De noche entran aquí y se llevan lo que aún esté en un estado decente para venderlo.

Asintió. Ojalá no tuviera que volver a buscar al mercadillo el buzón que le interesaba. Fue leyendo las inscripciones- Allí estaba. “Javier Lanche Martel”. JLM. “1ºD”. EL buzón estaba vacío.

-Aquí era, si. Se habrá mudado.

-Si. ¿Cuanto tiempo hace que no lo ve?

-Unos años. Como no vivo aquí…

-Ya. Pues a ver si lo encuentra. Los amigos son algo importante. Suerte.

-Muchas gracias.

Tras arrancar la plaquita y metérsela en el bolsillo, salió de la cuba metálica y le dio la mano al albañil. Recogió del suelo la raíz del misterio, ese sorprendente busto y comenzó a buscar en la calle otro taxi. Llegaba tarde si quería reincorporarse al grupo de turismo. Bah, que se preocuparan un poco. ¿Donde encontrar a Javier? En la guía. Seguiría la tradición que estaba imponiendo y entraría en algún bar a pedir una guía.

-Hola, ¿el teléfono, por favor?

-Si, al fondo. Pero es de pasos, ¿eh?

-Vale, vale. ¿Guía telefónica, tienen?

-Si. Tome. No pinte en ella.

-No, no.

Fue hasta el teléfono y buscó en la guía. No había nadie con ese nombre. Miró el año de la guía. Era de este año. Quizás aún no había habido tiempo para poner su número en la guía si se había mudado hacía poco. Tendría que conseguir alguna guía más antigua, si quería saber su última dirección. Se dirigió hacia el dueño del bar.

-Perdone, no encuentro el número que busco. ¿Tendría alguna guía antigua?

-No, se las llevan cuando dan la nueva.

-Claro, claro ¿Y no sabe de nadie que tenga?

-Como no vaya a la misma compañía…

-Gracias.

-¡Eh, su bolsa!

-No se donde tengo la cabeza. Gracias.

Comenzó a caminar, en busca de nuevo de un taxi. Casi no tenía ya dinero. ¿Donde habría un cajero automático? En este barrio de pisos grises y calles vacías de niños no parecía haber nada mas que casas, camas, sitios para venir a descansar tras trabajar, un sitio en que reposar, abrevar y volver al trabajo. No le gustaba el barrio.

-¡Taxi! A el edificio de la Compañía de teléfonos. ¿Podría parar antes en algún cajero automático?

-Si, claro.

Salieron por una ancha calle sin árboles y pararon en doble fila el tiempo de sacar algo de dinero del cajero. Después, fueron en dirección al centro, que era donde estaba el edificio. Entró por una puerta de cristales. Un guardia le miró desde atrás de una mesa.

-¿Qué desea?

-Quisiera consultar guías telefónicas antiguas.

-No, mire, ya son las dos, no es hora de consultas.

-Perdone, pero es que no soy de la ciudad. Estoy de paso y quisiera encontrar a un amigo que vive aquí, pero se ha mudado y no se donde encontrarlo.

-Vuelva el lunes.

-¡Es que el lunes ya no estaré aquí!

-Bueno. Un momento.- Habló por una radio un momento -Venga, antes de que se vayan los de oficinas. Siga ese pasillo, y ya verá la puerta abierta.

-Muchas gracias. Será un momento.

Casi corrió por un pasillo largo y enmoquetado. Al final, de una puerta salían voces. Era una oficina con multitud de mesas con ordenadores. La mayoría estaban apagados.

-Hola, quisiera consultar unas guías antiguas para saber el teléfono de alguien y hasta cuando lo tuvo.

-Ya. ¿Qué año?

-No se, en la última guía ya no aparece. Es un amigo que hace años que no veo.

-Bueno. Dígame el nombre. Lo buscaremos en el ordenador.

-Javier Lache Martel.

-No figura como abonado actual. ¿Está seguro que vive aún en esta ciudad?

-No se. ¿Podría mirar otros años?

-Si, si. Veamos. Aquí esta. Está dado de baja desde hace dos años.

En la pantalla había un nombre y una dirección: Javier Lanche Martel, Avenida de los Olmos, nº13 2ºA

-Bueno. Muchas gracias.

-Nada, nada. Adiós.

Salió y ni hizo caso al vigilante que esperaba quizás noticias sobre sus pesquisas. El brazo le dolía de llevar la pesada carga de un busto de piedra. ¿Qué le quedaba? Esperaba tener suerte en la dirección de su último teléfono. Tendría que buscar otro taxi.

-¿A donde quiere ir?

-A la Avenida de los Olmos.

-Como quiera. ¿Tanto pesa esa bolsa?

-Si, ¿por qué?

-Eso está aquí al lado.

Arrancaron y al minuto pararon frente al número 13. Era otro bloque de pisos de piedra rojiza, aunque en un visible mejor estado. Lentamente se dirigió hacia el telefonillo.

-¿Si?

-¿Javier?

-Se equivoca de piso.

-Vale, vale.

Pese a ello, subió hasta el segundo piso. En lugar de llamar al 2ºA, llamó al 2ºB. Entreabrió la puerta una mujer.

-¿Qué desea?

-Buenas tardes. Perdone que la moleste, pero estoy buscando a un amigo que creo que vive en este piso. Bueno, vivía hace unos años, pero no recuerdo cual era su casa. En los buzones no le he visto. Se llama Javier Lanche.

-Oh, pase.

En el fondo del pasillo se podía ver una familia comiendo, que obviamente esperaba a ver que pasaba con la puerta. Un hombre se levantó de la mesa y fue hacia allá.

-¿Qué pasa?

-Nada, este hombre, que es un amigo de Javier Lanche, el del 2ªA, y lleva años sin verle.

-Ah, lo siento. Murió hace tres meses.

-¿Muerto?

-Si. Una embolia. Murió dormido, no se enteró de nada. ¿Hacía mucho que no lo veía?

-No se, unos años, supongo.

-¿Qué lleva bajo el brazo? ¿Es una estatua suya?

-Si, si. Es un busto.

-Ya. A nosotros también nos regaló algo. Es esa talla sobre el aparador.

Sobre el aparador reposaba una pequeña estatua de un pastor acariciando un perro. Alargó un poco la mano pero no se atrevió a tocarlo.

-¿Quiere usted algo, un café, una copa? Veo que ha sido un duro golpe su perdida. Siéntese.

Lo hizo, pensativo. Tan cerca de averiguar como existía un busto de él, y por tres meses, estaba en el sitio correcto casi en el momento adecuado para descubrirlo… pero el único que podía explicarle lo ocurrido estaba muerto. ¿Qué quedaba? Volver, volver a casa y poner un misterio sobre un pedestal para preguntarse por siempre.

-Papa, ¿Quién es ese hombre?

-Nadie, un amigo del vecino.

-¿No estará preguntando por Javier, verdad?

-Si, por él pregunta.

-Javier me dijo que vendría.

Se levantó de golpe. Todos se sobresaltaron y él no trató de excusarse.

-¿Él te dijo que vendría? ¿Cuando?

-Antes de morir. Me dijo que vendría un señor preguntando por él. Y que debía decirle que destruyera su nombre si ya no estuviese él para verle. ¿Qué quería decir?

-Eso quisiera yo saber yo. ¿Qué quería decir?

El monótono movimiento del autobús recorriendo la autopista en la noche no lograba convencerle para dormir. Bastante tenía ya para pensar en dormir. ¿Qué movería a nadie a dejar ese legado? Había visto una foto de ese Javier sacada durante el cumpleaños del niño. Su cara no le sonaba de nada. ¿Así acababa todo? Hace cuatro meses alguien le dijo a un niño que si venía un tipo preguntando por un vecino, le dijera que destruyera su nombre. Hace tres meses murió ese alguien. Hace un mes él concertó este viaje y esta mañana descubrió un busto con su cara y un montón de preguntas. Y ahora se iba perplejo, cansado, dormido

Durante los días que apagaron los ecos del viaje, superficialmente acalló su curiosidad, aunque el objeto de la misma pronto tuvo un pedestal a medida, de mármol negro, sereno, junto a una pared de su sala de estar. Era una compra del viaje, era un adorno más, un souvenir, no era nada, no pensaba en ello. Lo olvidaba conscientemente. Sería como el acertijo que siempre alguien te decía y se negaba a solucionar. Tendría que solucionarlo él o no hacerlo nadie. Tampoco le obsesionaba, claro. Solo era curiosidad. Por ello pensaba, pensaba en ello para no recordarlo. Maldita sea.

Por supuesto, finalmente se mitigó realmente la ansiedad, con el paso de unos días. No era para amargarse la vida. Pero una tarde tranquila decidió escribir una carta que debía. Se sentó en el sillón y cogió papel y una pluma metálica de agradable tacto. El inicio de la carta le salió demasiado formal y quedo su mente en blanco, porque no deseaba llenarla de convencionalismo. Pensativo levantó la vista, encontrándose con su propia serena mirada reflejada en el espejo pétreo. Comenzó a divagar y la pluma bajó el brevísimo espacio que la separaba del silencio, llegando al papel y trazando líneas difusas. Un horizonte. Un nombre. Javier Lanche Martel. Embelleció el nombre con ornamentos y un barroco perfil. El nombre. Destruye su nombre. Tachó el nombre. Destruye su nombre. Arrugando suavemente el papel lo quiebra levemente, soltando sobre el suelo los restos. Lentamente se levantó y fue a la cocina. Allí se hizo con un martillo y un destornillador. Sería una tontería. Iba a romperlo. Cogiendo el busto lo llevó hasta el sillón. Se sentó con el busto del revés entre las piernas, dejando al descubierto las iniciales J.L.M. grabadas en el pie. Con los dedos rozó la piedra, palpando y notando un leve cambio de tacto. Silencioso, apuntó con el destornillador hacia la “L”, apoyando la plana cabeza de este y levantando entonces el martillo. Dio un leve golpe. La L no existía. Golpeó la J. Golpeó la M. Profundizó aún más, quedando a la luz un pequeño hueco, donde tras meter dos dedos sacó un papel doblado. Dejando en el suelo el busto desdobló el papel, escrito con una letra firme.

“¿Quién eres? ¿Existes realmente? ¿Existe alguien realmente leyendo esto? ¿Como has encontrado este papel? Un día, cuando era joven, me pasó una cosa. Llegué a una playa temprano. Estaba solitaria y me tumbé en la arena. Disfruté del sol y el mar horas y horas, pero comenzó a llegar gente. Esta se agolpó en torno a mi soledad, acabando con ella, impidiéndome ver el mar, impidiéndome oír las olas. Colérico, me levanté y me dirigí hacia el sol, caminando largas horas por la arena sin mirar mas que un lejano punto que no veía pero debía existir, un lugar solitario como antes lo había sido esa playa ahora atestada. ¿Cuanto caminé? Lo que pude para acercarme al poniente. De pronto me di cuenta que estaba solo, en una inmensa playa de dunas impolutas de arena blanca. Aparentemente, jamás nadie había pisado sobre ellas, tal era su virginal belleza. Corrí hacia la mas alta y al llegar arriba me dejé caer alborozado, riendo. Al levantarme volví a subir y me arrepentí. Las inacabables ondulaciones de las dunas con sus leves rizaduras estaban ahora rotas por los pasos y una huella de algo arrastrándose. Había sido yo, que había destruido la belleza con mi presencia. Las dunas eran bellas solo sin que nadie las profanase. Había roto su serenidad. Con una rama seca escribí una larga frase de la cual aún hoy me sorprendo por su sinceridad y crudeza, y tras firmarla con mi nombre, deshice mis pasos borrando con mi mano lo mejor que pude mis huellas y caminando hasta el mar, por donde desandé el camino. Esperaba que el viento acabara por curar las dunas y probablemente, borrar mi frase. Así esta formaría parte del lugar. Y jamás sabría sí alguien la vería. Pero allí estaría aunque el viento la acallase.

Jamás conté esto a nadie en mi vida. Es algo demasiado íntimo. Pero años después, muchos años después (una vida) quise repetir algo parecido. Al azar escogí una persona a la cual ni conocía ni supe jamás su nombre. no era de mi ciudad, creo, porque yo mismo no estaba en mi ciudad cuando lo vi. Su rostro lo guarde en mi memoria cuidadosamente y al regresar a mi casa le hice un busto. en la base de este escondo ahora este papel, y lo taparé para que no se note de su existencia. Después, me desharé de el y será el déstino el que dispondrá lo que ocurra con estas líneas. Jamás diré de ellas a nadie y supongo que jamás nadie sabrá de ellas, o si sabe, dudo que me entere nunca, como nunca supe si alguien leyó una frase que una tarde escribí en la arena.

Firmado: Javier Lanche Martel”

Jamás. Jamás lo supo. ¿Quiso dar un doble azar a esto sin saber si nadie le preguntaría a un niño algún día por un vecino escultor? Una frase en la arena quizás aún esperaba encontrar quien la leyera, pero una fantasía había llegado a su destino.

Con voz ronca, dijo:

-Demetrio, Javier, me llamo Demetrio, aunque nunca lo sabrás.

Texto: © Urbason
Imagen: © Nah Alone
Maquetación y Programación: © Nah Alone

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